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Dalt Vila es el casco antiguo de la ciudad de Ibiza, que se encuentra dentro de las murallas. Su nacimiento se remonta a la época fenicia, aproximadamente en el siglo VII antes de Cristo (654 a.C.); se llamaba Ibossim. Posteriormente se sucedieron en Ibiza los cartagineses, púnicos, romanos y árabes (Madina Yabisa). De esas épocas se construyeron también murallas y, a día de hoy, en algunos lugares se conservan paredes integradas en las construcciones posteriores.
En 1235, las tropas de la Corona de Aragón bajo el mandato del rey Jaime I tomaron la isla. Aquel 8 de agosto es hoy día festivo en Ibiza, conmemorando ese momento histórico.
Durante muchos siglos la isla sufrió numerosos ataques de piratas. Eso impulsó la construcción de las murallas actuales, por orden de los reyes Carlos I y Felipe II, encargando el diseño al ingeniero italiano Giovanni Battista Calvi en el siglo XVI. Las murallas resultaron muy eficaces disuadiendo futuros ataques directos a la ciudad amurallada. Su trazado renacentista ha sido fuente de inspiración para posteriores fortificaciones, especialmente en los asentamientos españoles del Nuevo Mundo. Cabe destacar también que el pueblo ibicenco contaba con numerosos corsarios; de ahí el monumento cercano al puerto en homenaje a esa figura que, bien podríamos decir, eran piratas a sueldo del rey. La acrópolis de Dalt Vila alberga asimismo, dentro de sus murallas, una catedral, numerosos palacios posteriores al siglo XVI y el castillo.
La UNESCO reconoció este conjunto el 4 de diciembre de 1999 por ser la fortaleza costera mejor conservada del Mediterráneo, por ser un ejemplo excepcional de arquitectura militar renacentista, por la interacción única entre patrimonio cultural y natural, y por la extraordinaria continuidad histórica de 2.500 años de civilizaciones superpuestas. El reconocimiento no abarca únicamente Dalt Vila y sus murallas, sino un conjunto más amplio que incluye las praderas de posidonia (que merecen un apartado propio), los restos del poblado fenicio de Sa Caleta, y la Necrópolis de Puig des Molins, la necrópolis fenicio-púnica mejor conservada del Mediterráneo.
La historia de cómo se obtuvo este reconocimiento merece ser contada. Todo empezó con un vecino. Lluís Llobet, fundador de la Asociación de Vecinos de Dalt Vila, firmó en 1986 la primera solicitud a la UNESCO. Aquel primer intento fue rechazado por considerarse insuficiente. A mediados de los 90, el Ayuntamiento lo intentó de nuevo. Esta vez con una estrategia diferente: en lugar de presentar únicamente el recinto amurallado, se ideó una candidatura mixta que combinaba por primera vez patrimonio cultural e histórico con patrimonio natural. El elemento diferenciador y determinante fue la posidonia, una planta marina cuyas praderas se extienden entre Ibiza y Formentera. Los científicos han demostrado que es el organismo vivo más antiguo y grande del planeta, con una antigüedad de 100.000 años.
Pero quizás lo más destacable de todo el proceso fue el ejemplo de consenso político que dejó. El proyecto lo impulsó el alcalde del Partido Popular Enrique Fajarnés. Tras las elecciones de junio de 1999, el nuevo alcalde socialista Xico Tarrés le ofreció a su rival político seguir al frente de la candidatura como comisionado, para que el cambio de gobierno no interrumpiera el trabajo. Los dos fueron juntos a Marrakech, donde el 4 de diciembre de 1999 la asamblea de la UNESCO concedió el reconocimiento. El propio Fajarnés lo resumió con una frase que hoy resuena con más fuerza que nunca: “Fue una de las claves. Ir los dos juntos. Ojalá hoy muchas más cosas fuesen tan consensuadas.”
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La Ibiza auténtica es, ante todo, una isla de campo. Un territorio salpicado de casas payesas encaladas y tapias de piedra seca que definen el paisaje interior con una belleza austera y singular. Como es una isla de pino, un árbol poco favorable para el cultivo, sus habitantes fueron durante siglos construyendo terrazas para ganar terreno cultivable en las laderas. Cuando uno se pasea hoy por el bosque, suele encontrar esas paredes en ruinas, mudos testigos de una vida dura. La gente malvivió durante muchos siglos y sufrió incluso hambrunas. Una idiosincrasia profunda de Ibiza es precisamente esa: todo el mundo vivía diseminado por la isla, lejos de núcleos urbanos concentrados, en fincas aisladas rodeadas de campos y pinares.
El interior de la isla es un paisaje de colinas que se repite con una continuidad hipnótica, y que se aprecia especialmente desde las distintas atalayas de la isla. Lo que diferencia más el paisaje es la costa, y en el interior destaca sobre todo la tierra roja y más fértil del norte. Los pueblos del interior tienen caracteres muy distintos: Santa Gertrudis ofrece vida local durante todo el año, con sus terrazas, sus galerías y su plaza como punto de encuentro permanente; San José tiene una vida estival muy animada. Cada uno a su manera forma parte del encanto de la Ibiza más auténtica.
Históricamente, la principal industria de la isla no fue la agricultura sino la sal. Las salinas de Ibiza fueron durante siglos la fuente de riqueza más importante de la isla, un recurso estratégico en el Mediterráneo que atrajo el interés de fenicios, cartagineses y romanos, y que siguió siendo el motor económico de la isla hasta la llegada del turismo.
El campo fue abandonado con el auge del turismo, que vació la isla de su mano de obra agrícola. Por eso, todos esos terrenos fueron devorados de nuevo por los pinos. Afortunadamente, hay una nueva voluntad, tanto desde la administración como desde iniciativas privadas, de recuperar ese patrimonio agrícola. Numerosas fincas han apostado por una agricultura eficiente y ecológica que está devolviendo vida al campo ibicenco.
Cuando empezó el turismo de villegiatura a principios del siglo XX, Ibiza comenzó a ser descubierta por artistas e intelectuales europeos que encontraron en la isla una luz, una arquitectura y una forma de vida únicas en el Mediterráneo. Sorolla visitó la isla en 1919 y pintó aquí Los contrabandistas, una de sus obras más célebres. Walter Benjamin vivió en Ibiza en dos largas estancias en 1932 y 1933, huyendo del nazismo, y escribió aquí algunos de sus textos más lúcidos.
En torno a los años 50 y 60 se consolidó un movimiento artístico internacional de gran calidad. En 1959, artistas residentes en la isla fundaron el Grupo Ibiza 59, formado entre otros por Erwin Broner, Erwin Bechtold, Hans Laabs, Heinz Trökes y Antonio Ruiz, un colectivo de vanguardia abstracta que supuso un verdadero revulsivo en el panorama artístico de la isla. Sus obras, y las de los artistas que les siguieron, nutren hoy la colección permanente del Museu d’Art Contemporani d’Eivissa, el MACE, el tercer museo público de arte contemporáneo más antiguo de España, inaugurado en 1969. La arquitectura racionalista dejó también una huella imborrable. Figuras como Josep Lluís Sert o Erwin Broner estudiaron y reinterpretaron la arquitectura popular ibicenca, influyendo en el movimiento moderno internacional. La casa de Broner, declarada Bien de Interés Cultural y construida en 1960 en el barrio de La Penya, puede visitarse.
Una visita especial y poco conocida es el Espacio Micus, una galería singular ubicada en una antigua casa payesa cerca de Jesús, que el pintor alemán Eduard Micus transformó en 1972 en su hogar y estudio, y que desde 1989 funciona como espacio expositivo abierto al público los domingos por la mañana. Un lugar donde el arte, la arquitectura y la luz mediterránea conviven de manera irrepetible.
La gastronomía tradicional ibicenca forma parte también de esa identidad auténtica y merece exploración propia.
Para quien quiera acercarse a esta Ibiza profunda, el asentamiento fenicio de Sa Caleta y la Necrópolis de Puig des Molins ofrecen una ventana fascinante a los orígenes de la isla y suelen encantar también a los niños. En Santa Eularia, el Museu Etnològic del Puig de Missa permite descubrir los instrumentos y herramientas del mundo rural, incluyendo la elaboración artesanal de las espardenyes. En Dalt Vila, además del MACE, el Museu Puget recoge la obra de dos generaciones de pintores, Narcís Puget Viñas y su hijo Narcís Puget Riquer, figuras esenciales de la Ibiza de principios del siglo XX. La Catedral cuenta también con su propio museo.
Para un día de excursión por el interior, descubrir las iglesias blancas encaladas permite recorrer los pueblos de la isla de manera orgánica y tranquila. Es Cubells, San Agustín, San Rafael y San Lorenzo son paradas ineludibles. Mención especial merece Balàfia, un conjunto rural único formado por varias casas payesas agrupadas en torno a dos torres de defensa medievales, uno de los rincones más genuinos y mejor conservados de la isla.
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Para entender Ibiza, conviene empezar por su nombre. La isla se llamó Ibossim en época fenicia, luego Ebusus con los romanos, Yabisa con los árabes, y hoy es Eivissa en su nombre oficial catalán e Ibiza en castellano e internacionalmente. Las Pitiusas, nombre con el que se conoce al conjunto de Ibiza y Formentera, deriva del griego y hace referencia a los pinos que cubren la isla. Cada nombre es una capa de historia.
Los fenicios fundaron el primer asentamiento estable en torno al 654 a.C., primero en Sa Caleta y luego en el Puig de Vila, la colina que hoy ocupa Dalt Vila. Reconocieron en la isla un punto estratégico en el Mediterráneo occidental, un enclave ideal para el comercio y para la sal, que sería durante siglos la principal fuente de riqueza de la isla. De aquella época procede uno de los legados más vivos de Ibiza: la diosa Tanit. Deidad cartaginesa de la fertilidad y la luna, su culto se extendió por toda la isla y el mayor santuario dedicado a ella en todo el Mediterráneo se encuentra en la Cova des Culleram, en Sant Vicent de sa Cala. Más de 1.600 figuras de terracota fueron halladas allí. Hoy Tanit sigue muy presente en la isla: es nombre de mujer, aparece en logotipos, comercios y obras de arte, y su figura sigue siendo un símbolo de identidad ibicenca de manera completamente natural y viva.
Tras los fenicios llegaron cartagineses, romanos, bizantinos, vándalos y árabes. Cada civilización dejó su huella, pero fue la época árabe la que dio a la isla su forma urbana más duradera, con Madina Yabisa como centro político y militar, y la mezquita mayor donde hoy se levanta la catedral. En 1235 las tropas de la Corona de Aragón tomaron la isla, comenzando una nueva etapa marcada por la cultura catalana y por siglos de ataques de piratas que culminaron con la construcción de las murallas renacentistas del siglo XVI.
Durante los siglos siguientes la isla vivió en un relativo aislamiento. La gente malvivía, dispersa por el campo en fincas aisladas, cultivando en terrazas de piedra seca una tierra poco generosa, y dependiendo de las salinas como principal motor económico. Una vida dura que forjó un carácter propio: pragmático, autosuficiente, discreto y con una tolerancia natural hacia el forastero que no pregunta de dónde vienes ni qué haces aquí.
Esa apertura es quizás la clave de todo lo que vino después. A partir de los años 30 del siglo XX empezaron a llegar los primeros artistas e intelectuales europeos que huían de regímenes autoritarios y del ambiente prebélico del continente. Walter Benjamin, Raoul Hausmann y otros encontraron en la isla una Arcadia primitiva y tranquila. En los años 50 y 60 llegó el Grupo Ibiza 59 y con él un movimiento artístico internacional de primer nivel. Y entonces llegó el turismo.
El despegue turístico de los años 60 transformó la isla de manera radical y en muy poco tiempo. Con él llegaron los hippies, jóvenes americanos que huían de la guerra de Vietnam y europeos que buscaban libertad, y que encontraron en Ibiza un lugar que no juzgaba. Hay algo revelador en la anécdota que me contó una amiga ibicenca mayor: durante los años del franquismo, ella y sus amigas iban al aeropuerto simplemente a ver cómo iban vestidos los turistas. La diversidad les daba vidilla en una isla que hasta entonces había vivido de espaldas al mundo exterior. La elegancia y la extravagancia de aquellas mujeres que bajaban del avión eran una novedad absoluta para una comunidad acostumbrada a verse siempre a sí misma. Y lo curioso es que Franco pareció no inmiscuirse demasiado en la imagen de libertad que Ibiza proyectaba al exterior. La isla funcionó como una válvula de escape, una anomalía permitida en la España de la época.
De aquel encuentro entre el ibicenco pragmático y el forastero bohemio nació algo genuino. La Moda Adlib, los mercadillos hippies, una artesanía viva, una gastronomía que absorbía influencias sin perder su raíz. Y en los años 80, cuando la música electrónica encontró en las discotecas ibicencas su laboratorio mundial, la isla volvió a ser el lugar donde algo nuevo empezaba. Pacha, que llevaba funcionando desde principios de los 70, fue el primero. Luego llegó el KU, una monumental discoteca jardín construida en torno a una piscina en San Rafael por tres emprendedores vascos. Roman Polanski, Grace Jones, Freddie Mercury y los grandes nombres de la moda internacional pasaron por sus fiestas. En el KU nació también el fenómeno Locomía. Y en el corazón de todo aquello estaba el Coco Loco, la barra que Brasilio de Oliveira, un brasileño llegado del puerto de Ibiza, convirtió en el punto de encuentro más legendario de la noche ibicenca. Cuando a principios de los 90 una nueva normativa obligó a cubrir las pistas al aire libre, el KU se transformó en Privilege, que con capacidad para 10.000 personas fue durante años la discoteca más grande del mundo. Ese mismo espacio es hoy UNVRS. Amnesia, Es Paradís y luego Space completaron un ecosistema sin igual que convirtió a Ibiza en la capital mundial de la música de baile, una condición que mantiene hoy con plena vigencia.
Lo que une todos estos episodios es un hilo conductor: la capacidad de la isla para acoger lo diferente sin perder lo propio. El payés que malvivía en su finca, la diosa Tanit grabada en la memoria colectiva, el artista alemán que llegó huyendo, el hippy que se quedó, el DJ que convirtió la madrugada en ritual. Todos encontraron aquí su lugar. Eso es Ibiza.
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La respuesta depende del perfil del grupo y del momento de la temporada, porque Ibiza ofrece experiencias culturales muy distintas según a quién van dirigidas y cuándo se visita. La isla no es solo playa y música nocturna: tiene una agenda cultural de primer nivel que muchos visitantes no llegan a descubrir.
Para los amantes del arte contemporáneo, el verano ibicenco tiene dos citas de referencia. La primera es La Nave Salinas, una antigua nave industrial de almacenamiento de sal de los años 40 reconvertida en espacio de exposición desde 2015, ubicada en el Parque Natural de Ses Salines. Cada temporada acoge una muestra individual de un artista de primer nivel internacional, con instalaciones diseñadas específicamente para ese espacio único. La segunda es CAN Art Fair, Contemporary Art Now, una feria de arte contemporáneo por invitación que se celebra cada junio en Ibiza y que en pocos años se ha consolidado como una de las citas más relevantes del mercado del arte en verano. Galerías de Nueva York, Londres, Tokio y Berlín se dan cita en la isla durante unos días que han dado lugar a lo que ya se conoce como la Semana del Arte de Ibiza. La oferta cultural varía mucho según la época del año, algo que conviene tener en cuenta al planificar la estancia.
Dalt Vila, más allá de ser un monumento, es un escenario cultural vivo durante todo el año. El Ayuntamiento organiza los sábados visitas teatralizadas por el casco histórico, una forma muy entretenida de descubrir su historia para todos los públicos. En mayo, el International Music Summit, el congreso mundial de música electrónica, celebra su gran concierto de clausura entre las murallas renacentistas, una experiencia que fusiona patrimonio y cultura contemporánea de manera única. Y en agosto, el Festival de Jazz de Ibiza lleva décadas convirtiendo el baluarte de Santa Llúcia en uno de los escenarios más mágicos del Mediterráneo. Recorrer el perímetro de las murallas pasando por sus siete baluartes, cada uno con vistas distintas sobre el mar y la ciudad, para acabar perdiéndose por sus callejuelas empedradas hasta la plaza central es también, en sí mismo, una experiencia que no necesita ningún evento especial para justificarse.
Para quienes viajan con niños, la oferta cultural es más rica de lo que muchos imaginan. El nuevo centro de interpretación de Sa Caleta, el asentamiento fenicio del siglo VII a.C., es una visita que ha ganado mucho interés en los últimos años. Pero si hay una experiencia que se ha vuelto imprescindible para familias con niños es el BIBO Park, el Ibiza Botánico Biotecnológico, situado en San Rafael en la carretera principal entre Ibiza y San Antonio. Con más de 30.000 plantas de 160 especies, incluidas varias endémicas de las Pitiusas, el parque combina botánica, ecología y tecnología de vanguardia de una manera que engancha a niños y adultos por igual. Su atracción estrella es el piano vegetal, único en el mundo, en el que cada tecla es una planta viva que produce música y luz al contacto con las manos.
Para quienes buscan experiencias más íntimas y menos conocidas, el Espacio Micus, la galería del pintor alemán Eduard Micus en una antigua casa payesa cerca de Jesús, abre los domingos por la mañana y ofrece uno de los encuentros más genuinos con el arte y la arquitectura ibicenca. El MACE, en Dalt Vila, merece siempre una visita con su colección permanente del Grupo Ibiza 59. Y el mercado de Las Dalias, con su historia hippie, su artesanía y su música en directo, es una experiencia cultural en sí misma que merece un apartado propio.
Para los amantes de la gastronomía y el vino, una visita muy recomendable es acercarse al interior norte de la isla, concretamente a Sant Mateu, el corazón de la tradición vinícola ibicenca. La producción de vino en las Pitiusas se remonta a los fenicios y hoy vive un momento de calidad reconocida internacionalmente bajo el sello Ibiza Vi de la Terra. Sa Cova, la bodega más antigua de la isla, ofrece visitas guiadas con degustación de cuatro vinos y tapas de producto local, previa reserva. Can Rich, en Buscastell cerca de San Antonio, es la única bodega ecológica de la isla y ofrece visitas de lunes a viernes con cata y aperitivo de productos locales. Ibizkus, en Santa Eularia, es la bodega más exportadora de la isla y ofrece también catas en su terraza con vistas a los viñedos. Las tres son experiencias que conectan con la Ibiza más rural y auténtica, lejos de cualquier circuito turístico convencional.
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La cocina tradicional de Ibiza es mediterránea en su esencia, pero con una personalidad propia que la distingue claramente. Se trata de una cocina de recursos escasos y gran ingenio, heredada de generaciones que malvivían del mar y del campo, y en la que no se tiraba nada. Hoy esa misma cocina, elaborada con productos de una calidad excepcional, es el motivo que siempre empuja a regresar a la isla.
El mar ocupa el lugar central. El pescado fresco que llega cada día a los puertos ibicencos, a bordo de los tradicionales llaüts de madera, es de una calidad difícil de igualar. El plato estrella de la cocina marinera es el bullit de peix, un guiso de pescados de roca como el mero, el cabracho o el gallo de San Pedro, que se sirve con patata ibicenca y cuyo caldo da lugar a un arroz a banda con alioli. El guisat de peix es su versión más contundente, con almendras y azafrán. La borrida de rajada, un guiso de raya con almendras de raíz medieval, es uno de esos platos que no siempre aparecen en carta pero que merece la pena buscar. Y entre los productos del mar que no pueden dejarse pasar están la gamba roja, pescada a 600 metros de profundidad en los caladeros de Ibiza y Formentera, simplemente a la plancha con sal gruesa, y la langosta, ingrediente de uno de los arroces más celebrados de la isla.
Los arroces merecen mención especial. El arroz a banda es el más ibicenco, pero las paellas y los arroces caldosos a la marinera, elaborados con el pescado y el marisco fresco de la isla, son una de las grandes alegrías de comer en Ibiza junto al mar. Aunque no son un plato originario de la isla, la calidad del producto local les da una dimensión propia que justifica buscarlos en los restaurantes de costa.
De la tierra destacan platos de fiesta y de celebración. El sofrit pagès, mezcla de pollo, cordero y cerdo con sobrasada, butifarra y patata, es el plato que nunca faltaba en las bodas y en la festividad del patrón del pueblo. El arroz de matanzas es otro de esos platos que conectan directamente con las tradiciones más ancestrales de la isla. En diciembre, cuando se celebraba la matanza del cerdo, toda la familia se reunía para elaborar los embutidos que abastecerían el año, y en ese mismo día se cocinaba este arroz con carne fresca, níscalos y sobrasada. Una fiesta en sí misma que en algunos restaurantes aún puede degustarse. Los calamares rellenos de sobrasada, combinación de mar y montaña tan ibicenca como sorprendente, son otra referencia ineludible.
Entre los productos propios de la isla que conviene conocer destacan la patata roja, de piel oscura y carne amarilla, base de muchos platos tradicionales; la sobrasada ibicenca, elaborada con el cerdo de la matanza anual; la gamba roja ya mencionada; y el peix nostrum, sello que garantiza que el pescado ha sido capturado por la flota local. La miel de Ibiza cuenta con Denominación de Origen Protegida, el aceite con Indicación Geográfica Protegida, y las hierbas ibicencas también tienen su IGP desde 1997.
La repostería merece un capítulo aparte porque refleja el mestizaje cultural de la isla con una mezcla de raíces árabes y cristianas. El flaó es una tarta de queso fresco de cabra con hierbabuena, el dulce más representativo y exótico de la isla, que antiguamente se cocinaba exclusivamente para el domingo de Pascua y hoy puede encontrarse todo el año en pastelerías y restaurantes. La greixonera es un pudín elaborado con ensaimadas, canela y piel de limón que se deshace en la boca. Las orelletes, tortas fritas con forma de oreja que se preparan la víspera de las fiestas del pueblo, y los buñuelos, también presentes en todas las celebraciones, completan una repostería que tiene mucho de ritual colectivo.
Para cerrar la comida, las hierbas ibicencas, ese licor ambarino elaborado con hasta diecisiete plantas aromáticas del bosque, que cada familia prepara con su propia receta transmitida de generación en generación. Y el café caleta, una suerte de queimada ibicenca con café, ron, brandy, piel de cítricos y canela, inventada hace un siglo por un pescador de la costa de Sa Caleta y hoy colofón habitual de una buena comida en muchos restaurantes de la isla.
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Recorrer los pueblos del interior de Ibiza es una de las experiencias más auténticas que ofrece la isla. Cada uno tiene su carácter propio, y la excursión por las iglesias encaladas que los preside es también una manera orgánica de descubrir el paisaje rural ibicenco.
Conviene fijarse en las iglesias. Todas son una continuación natural de la arquitectura payesa: paredes gruesas encaladas, sencillez absoluta, sin ornamentación. Muchas parecen fortificadas porque lo estaban, construidas para resistir los ataques de piratas que asolaron la isla durante siglos. Son el centro de cada pueblo y el mejor punto de partida para cualquier visita.
Es Cubells merece una parada especial. Su iglesia tiene un mirador desde el que se disfruta de una de las vistas más espectaculares de toda la costa ibicenca. Justo al lado, Es Xarcú es uno de los restaurantes más reconocidos de la isla, con una cocina ibicenca de producto fresco y marinero que justifica por sí sola el desvío.
San Agustín tiene un espíritu singular. Es uno de esos lugares donde parece que el tiempo se ha detenido. Frente a su iglesia, el restaurante Can Berri Vell completa una estampa que difícilmente se olvida.
San Rafael sorprende por las casas ibicencas que rodean su iglesia, formando uno de los conjuntos rurales más fotogénicos de la isla.
San José es más pueblo de servicios que de visita: farmacia, gestiones administrativas, compras del día a día. Pero su iglesia es bonita y vale la pena detenerse un momento. Es el núcleo de referencia para quienes se alojan en el sur de la isla.
Santa Gertrudis se ha dinamizado enormemente en los últimos años y es hoy uno de los pueblos más agradables para visitar, con una selección variada de tiendas y restaurantes. Un lugar imprescindible es Cas Costa, un bar muy ibicenco que ha sabido mantenerse igual a lo largo de los años, fiel a su espíritu y a su clientela, sin rendirse a las modas.
San Juan es el pueblo de referencia para quienes se alojan en el norte. Los domingos acoge un mercadillo con un espíritu genuinamente norteño, más tranquilo y artesanal que los del sur, frecuentado sobre todo por residentes y por los visitantes que buscan la Ibiza más alejada del turismo masivo.
Santa Eulalia es ya una pequeña ciudad. Tiene su parte antigua que merece una visita, presidida por la iglesia del Puig de Missa, una de las más bonitas de la isla. Si se tiene suerte, se puede coincidir con la salida de una boda y presenciar el baile pagès en la plaza, uno de esos espectáculos espontáneos e irrepetibles que definen la Ibiza más auténtica.
Ibiza ciudad merece también una mañana de paseo, tiendas y terrazas, con Dalt Vila como telón de fondo. Se trata en detalle en su propia entrada de esta enciclopedia.
San Antonio merece una mirada más matizada. La bahía de Portmany es naturalmente una de las más hermosas de la isla, y fue precisamente eso lo que atrajo el turismo masivo de los años 60 y 70. Los grandes edificios que hoy la rodean son testimonio de aquel desarrollo desordenado. Sin embargo, el pueblo está en transformación: el paseo marítimo renovado ofrece una de las puestas de sol más espectaculares del Mediterráneo, y el artista urbano Okuda San Miguel ha intervenido el West End con un paseo de arte urbano multicolor que está cambiando la imagen del barrio. Para familias con niños, el Aquarium Cap Blanc, instalado en una cueva natural donde los pescadores criaban langostas, es una visita encantadora, con sardinadas a la brasa los viernes y sábados de verano.
Pero si hay que elegir un pueblo para acabar el día con la certeza de haber encontrado la Ibiza más genuina, ese es San Carlos. El Bar Anita, con sus buzones originales donde los vecinos aún recogen la correspondencia y sus hierbas ibicencas caseras, es uno de esos lugares que resumen en una copa todo lo que hace especial a esta isla. Y al lado, Las Dalias espera el sábado siguiente.
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Todo comenzó el 4 de noviembre de 1954, festividad de Sant Carles, cuando Joan Marí Juan, agricultor y carpintero del pueblo, inauguró un bar de carretera en un camino sin asfaltar, construido por sus propias manos y en secreto. Daba una respuesta diferente cada día a quien le preguntaba qué estaba levantando. Aquel bar se convirtió en la sala de baile del norte de la isla, en el lugar donde los payeses celebraban bodas, bautizos y fiestas. El éxito fue tal que el cura de Sant Carles empezó a proyectar cine en la parroquia para competir con él y alejar a sus feligreses del pecaminoso baile.
En los años 60, con la llegada del turismo, Joan negoció con los touroperadores para organizar barbacoas con espectáculo de flamenco. En los 70, los hippies que vivían en el norte de la isla empezaron a reunirse aquí después de los mercadillos de Punta Arabí, creando jam sessions legendarias con artistas internacionales de paso por Ibiza. El hijo de Joan, Juanito, tomó las riendas con 23 años, y el día de San Valentín de 1985, con cinco puestos en el jardín y la colaboración de la galerista inglesa Helga Watson-Todd, nació el mercadillo. Un año después ya había 50 artesanos. Algunos de ellos, y sus hijos, siguen en el mercadillo hoy.
Hoy Las Dalias recibe 35.000 personas por semana en temporada alta y es uno de los mercadillos hippies más reconocidos del mundo. Una empresa familiar de raíces payesas que, como dice Juanito con orgullo, ya quedan pocas así en la isla. Han venido a comprarla. No se vende. Es un patrimonio de Sant Carles y de toda Ibiza.
Pero Las Dalias es mucho más que el mercadillo de los sábados. La propuesta musical tiene un nivel propio, con conciertos de artistas de primer orden. Y la sala Akasha, íntima, con mucho carácter y una energía muy distinta a las grandes discotecas de Playa d’en Bossa, es una opción para quienes buscan la noche ibicenca sin el turismo de masas. Para conocedores. El ambiente que se crea aquí es difícil de encontrar en otro lugar de la isla.
Las Dalias está abierto todo el año en distintas modalidades. El mercadillo de los sábados funciona de 10 a 20 horas durante todo el año. En verano se añaden los mercadillos nocturnos los lunes, los martes en julio y agosto, y el mercado del arte los domingos por la tarde. La agenda musical llena los jueves, viernes y fines de semana con propuestas muy variadas. Las Dalias no se visita. Se vive.
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Ibiza ha sido siempre un imán para creadores. La combinación de luz, libertad y diversidad cultural ha generado durante décadas un ecosistema artesanal y de diseño que no tiene parangón en el Mediterráneo. Saber dónde encontrarlo es parte de conocer la isla de verdad.
El punto de partida es Las Dalias, aunque no solo por sus mercadillos. La selección de artesanos que acceden a un puesto es rigurosa: no entra cualquiera. Lo que se vende aquí ha pasado por un filtro de autenticidad que distingue a Las Dalias de cualquier otro mercado de la isla. Para más información sobre sus horarios y propuestas, véase la entrada dedicada.
En verano, los mercados de los pueblos ofrecen otra dimensión de la artesanía local. El de San José, que se celebra los sábados por la mañana en la plaza del pueblo, es uno de los más queridos. Aquí se pueden encontrar espardenyes hechas a mano, el calzado tradicional payés, de esparto y lona, que el Museu Etnològic de Puig de Missa ha documentado como parte del patrimonio inmaterial de la isla, cerámica de colores brillantes con raíces en la tradición ibicenca, cestería y productos de la tierra. El mercadillo de Sant Joan de Labritja los domingos tiene un carácter más íntimo y local, con artesanos que trabajan sus piezas delante del comprador.
En el terreno del diseño, Ibiza ha generado nombres de proyección internacional sin perder su vínculo con la isla. La moda Adlib, nacida en 1971 por iniciativa de la princesa Smilja Mihailovitch como plataforma para el talento local, sigue siendo hoy el marco de referencia. La diseñadora que mejor encarna su evolución hacia el lujo contemporáneo es Charo Ruiz. Sevillana de nacimiento, llegó a la isla a finales de los años setenta, cuando Ibiza era aún un refugio bohemio, y empezó vendiendo conjuntos de ropa junto a la playa de Salinas. En 1989 fundó su propia firma. Hoy, con más de sesenta colecciones y presencia en más de veinte países, sus vestidos de algodón voile con puntilla de guipur son el símbolo más reconocible de la moda ibicenca en el mundo. Los diseña y confecciona en la isla. Los llevan Beyoncé, Naomi Campbell, la Reina Letizia y Michelle Obama.
En joyería, la referencia es Elisa Pomar. La familia lleva ejerciendo el oficio desde 1852, y Elisa, cuarta generación, tomó el relevo del negocio familiar para lanzar en 2008 su propia marca, premiada poco después con la Medalla de Oro del Consell d’Eivissa. Sus piezas parten de la filigrana payesa y los motivos fenicios, rombos, flores, plata y oro trabajados artesanalmente en su taller, y los reinterpretan con una sensibilidad contemporánea. En 2025 cerró su histórica tienda en la calle Castelar del barrio de La Marina, donde literalmente nació, en el piso de arriba vivía su familia, para abrir un nuevo espacio en Vara de Rey. Allí tiene también Argenteria, un segundo local dedicado en exclusiva a la plata, un metal con profundo arraigo en la tradición ibicenca que Elisa reivindica con la misma pasión con que trabaja el oro.
World Family Ibiza es un caso aparte y una historia hermosa. Merel, neerlandesa, y Alok llegaron a la isla desde los confines del mundo, se conocieron en un concierto de tambores en la playa de Benirrás, y decidieron quedarse. Desde 1999 confeccionan a mano bolsos, complementos y prendas únicas con tejidos y bordados que traen de sus viajes por Marruecos, Afganistán, Uzbekistán, Tailandia, México. No hay dos piezas iguales. Hoy trabajan en familia: junto a ellos, sus seis hijos, Goldie, Carlota, Asher, Rama, Gaya y Karuna, cada uno con su papel en la empresa. Tienen boutique en Sant Joan de Labritja y presencia en el Six Senses Ibiza. No son de aquí de origen, pero hoy son parte de la isla. Eso también es Ibiza.
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Hay lugares que no necesitan presentación. Es Vedrà es uno de ellos. Este islote de 382 metros de altura emerge del mar frente a Cala d’Hort, en la costa suroeste de la isla, como una pirámide de roca caliza que parece no pertenecer del todo a este mundo. Es el símbolo visual más reconocible de Ibiza después de Dalt Vila, y hay una buena razón para ello: a cualquier hora del día, en cualquier estación del año, ofrece un espectáculo de luz y color distinto. La roca cambia con las nubes, con la lluvia, con el sol bajo del invierno. Uno de los momentos más impactantes no es el atardecer sino verlo aparecer de repente tras una curva de la carretera, o contemplarlo cuando las nubes de tormenta pasan por encima y la luz lo transforma en algo casi irreal.
Es Vedrà pertenece al Parque Natural de Cala d’Hort y es reserva natural desde 2002. El acceso al islote es exclusivamente por mar y con permiso. Lo que no se puede es llegar en coche, aparcar frente al mirador y pretender que eso es verlo. La moda de la puesta de sol en Es Vedrà, amplificada por las redes sociales, ha convertido ese mirador en un punto de aglomeración que poco tiene que ver con la experiencia real del islote y que genera una presión notable sobre un entorno natural protegido y sobre los vecinos de la zona. Es Vedrà merece más que eso.
La historia más curiosa del islote tiene nombre propio: Francisco Palau, un monje carmelita catalán que fue desterrado a Ibiza en 1854 por razones políticas. Una vez en la isla, comenzó a realizar retiros espirituales en Es Vedrà, donde vivía en una cueva, se abastecía del agua que filtraba la roca y recibía víveres por mar. Palau dejó escritas sus experiencias, que incluían visiones que él describía como apariciones de damas de luz. Ha sido el único habitante de Es Vedrà a lo largo de la historia. Su figura, beatificada posteriormente por la Iglesia, fue el germen de todas las leyendas que rodean al islote.
Desde la Edad Media, varias familias ibicencas utilizaban Es Vedrà para criar cabras, que crecían semisalvajes desafiando la gravedad en sus paredes verticales. Era una tradición ganadera de generaciones. En 2016, el Govern Balear decidió erradicarlas para proteger la flora endémica del islote, entre ella la Santolina vedranensis, una especie exclusiva de este lugar. Ante la imposibilidad de capturarlas con vida dada la orografía del terreno, se optó por abatirlas con armas de fuego. Fue un escándalo en toda regla. Los propietarios y grupos animalistas protestaron, los partidos políticos se enzarzaron. Hoy, según cuentan, alguna cabra vuelve a asomarse por las cornisas. La pregunta sigue en el aire: ¿cabra o flora endémica? No siempre hay respuesta fácil.
La dimensión esotérica de Es Vedrà existe y es parte de su carácter. Se dice que forma uno de los vértices de un triángulo del silencio, al modo del triángulo de las Bermudas, junto al Peñón de Ifach y la costa de Mallorca, una zona donde supuestamente ocurren fenómenos inexplicables. También se le atribuye ser el lugar de nacimiento de la diosa Tanit, el hogar de las sirenas de la Odisea, un nodo magnético de energía telúrica. Creerlo o no es cosa de cada uno. Lo que sí es cierto es que algo tiene este islote que no se explica del todo con palabras.
La mejor manera de ver Es Vedrà es desde Cala d’Hort, una playa de guijarros con casetas de pescadores y tres restaurantes de buena cocina marinera donde se puede comer mirándolo desde lejos con tiempo suficiente para verlo cambiar. O desde el mar, rodeándolo en barco. O apareciendo de repente tras una curva. Siempre sorprende.
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El calendario festivo de Ibiza empieza antes del verano, y vale la pena seguirlo desde el principio para entender la isla.
La Semana Santa abre el año festivo con procesiones que recorren Dalt Vila y el barrio de La Marina. No tienen la espectacularidad de las de Andalucía, pero sí una carga emocional genuina y un escenario incomparable: calles empedradas, portales de piedra, el eco entre los callejones de la ciudad alta. La procesión del Viernes Santo, en la que participan todas las cofradías, es el momento más sobrecogedor. Quienes la descubren por primera vez suelen sorprenderse ante el atuendo de los portadores: túnicas largas y capirotes puntiagudos de origen medieval, que nada tienen que ver con lo que el visitante anglosajón podría imaginar a primera vista. Es, simplemente, la indumentaria de penitencia heredada de siglos.
En mayo llega la Feria Medieval, uno de los eventos más animados del año. Se celebra en torno a Dalt Vila, con los puestos de artesanos desplegados principalmente por la calle de la Farmacia, de camino a la entrada principal del recinto amurallado. Los participantes respetan a pie de la letra las indumentarias históricas locales, lo que da al conjunto una coherencia visual poco habitual en este tipo de eventos. Hay espectáculos de todo tipo y, cerca del parque Reina Sofía, representaciones de torneos medievales a cargo de especialistas que entusiasman especialmente a los más pequeños.
Las fiestas patronales de los pueblos salpican todo el año, pero en verano se concentran con especial intensidad. San José celebra su fiesta el 19 de marzo, coincidiendo con el Día del Padre en España. San Antonio tiene la suya el 17 de enero, pero en agosto, el 24, festividad de San Bartolomé, organiza la llamada Fiesta de la Movida, que reúne a miles de personas con fuegos artificiales a medianoche. El IMS (International Music Summit), foro de referencia mundial de la música electrónica, ocupa varios días de mayo con conferencias, debates y conciertos. El Festival de Jazz de Ibiza, desde 1989, celebra su concierto de clausura en el baluarte de Santa Llúcia de Dalt Vila cada agosto.
Las fiestas más importantes del verano en la ciudad de Ibiza son las Festes de la Terra, que se celebran en torno al 5 y al 8 de agosto. El 5 es la festividad de la Virgen de las Nieves, patrona de Ibiza y Formentera, con procesión y actos en la Catedral. El 8 es Sant Ciriaco, patrón de la ciudad desde 1650, y conmemora la conquista cristiana del 8 de agosto de 1235, fecha en que las tropas de Guillem de Montgrí tomaron la ciudad y la isla pasó a integrarse en la Corona de Aragón. En Dalt Vila, en una calle estrecha cerca del convento de las Monjas, se encuentra la pequeña capilla de Sant Ciriaci, construida en 1754, que es parada obligatoria de la procesión cada 8 de agosto. La noche del 8, el puerto de Ibiza se ilumina con un gran espectáculo de fuegos artificiales.
Para vivir las fiestas de pueblo en su versión más auténtica, las de Sant Agustí des Vedrà son una buena referencia. El día grande es el 28 de agosto, con misa solemne, procesión y conciertos en la plaza de la iglesia. Las fiestas se extienden varias semanas, con actividades tradicionales, ball pagès y propuestas para todas las edades. Sant Agustí es uno de los pueblos con más encanto de la isla y sus fiestas son exactamente lo que sugiere el nombre: una fiesta de vecinos, abierta a todo el que quiera sentarse en la plaza y dejarse llevar.
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La pregunta asume una contradicción que Ibiza no siempre vive como tal. La isla es antigua y a las últimas al mismo tiempo, y lleva décadas siéndolo sin que una cosa cancele la otra.
La Ibiza tradicional está en los pueblos blancos del interior, en el ball pagès que todavía se baila en las fiestas patronales, en las iglesias fortificadas, en la cocina de matanzas de diciembre, en el mercado de San José del sábado por la mañana. Es la isla que se levanta temprano, que habla ibicenco en casa, que conoce a todo el mundo en el pueblo y que mira el verano con una mezcla de resignación y pragmatismo. Existe todo el año. El invierno es suyo.
La Ibiza moderna es otra cosa: cosmopolita, internacional, en permanente reinvención. Es la isla que recibe cada verano a visitantes de todo el mundo y a una comunidad de residentes de larga data, ibicencos, peninsulares, europeos, llegados de todas partes, que han hecho aquí su vida sin ser de aquí de origen. Es la isla que en los años setenta acogió hippies y artistas, que en los ochenta inventó la cultura del clubbing europeo, y que hoy sigue marcando tendencia global en música electrónica. El ejemplo más reciente es UNVRS, el llamado primer hyperclub del mundo, inaugurado en 2025 en el espacio que antes ocupó Privilege, en San Rafael. Con capacidad para miles de personas, producción controlada por inteligencia artificial, paredes LED y un concepto de espectáculo inmersivo que no tiene precedentes en la industria, UNVRS representa exactamente eso: una isla que no se conforma con lo que ya ha conseguido.
Lo interesante es que estas dos Ibizas no se ignoran. El ibicenco que cultiva su huerto en el norte de la isla sabe perfectamente lo que pasa en las discotecas, aunque no pise ninguna. El DJ residente que lleva veinte temporadas en la isla conoce el nombre de cada cala y sabe dónde encontrar el mejor flaó. La convivencia no siempre es fácil. La presión sobre el territorio, el precio de la vivienda, la masificación de ciertos puntos en verano son tensiones reales, y Ibiza no es la única que las vive. Ocurre en buena parte de los destinos turísticos del Mediterráneo, desde la costa peninsular hasta el sur de Francia, y en muchos casos con una intensidad mucho mayor. Ibiza tiene la ventaja de que quien sabe buscar siempre encuentra una roca donde bañarse solo, un pueblo del norte donde el verano no ha cambiado demasiado las cosas, una isla que todavía guarda rincones para quien no los busca en primera línea. La isla ha demostrado una capacidad notable para absorber lo nuevo sin perder del todo lo que la hace singular. Eso, más que cualquier atardecer o cualquier fiesta, es quizás lo más difícil de imitar.
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Ibiza tiene más de una decena de iglesias rurales repartidas por toda la isla, y entender por qué tienen el aspecto que tienen es entender algo esencial del carácter ibicenco. No son iglesias convencionales. Son iglesias fortaleza, concebidas entre los siglos XIV y XVI para cumplir una doble función: la religiosa y la defensiva. Durante siglos, los ataques de piratas y corsarios berberiscos fueron una amenaza constante para los payeses de la isla. Ante la imposibilidad de construir grandes sistemas defensivos en cada rincón del territorio, las iglesias se convirtieron en el refugio de la población. De ahí sus muros gruesos, sus ventanas pequeñas, su aspecto macizo y su ubicación elevada sobre el paisaje.
La cal blanca con que se encalaban las paredes, herencia de la tradición mediterránea de raíz árabe, servía para aislar, desinfectar y reflejar el calor. Con el tiempo se convirtió en la seña visual más reconocible de la isla, hasta el punto de que Ibiza debe en parte su nombre de isla blanca a estas construcciones tanto como a sus casas payesas. Los mismos principios que inspiran su arquitectura, la geometría pura, la funcionalidad sin ornamento, los volúmenes cúbicos, cautivaron en los años treinta a arquitectos como Le Corbusier, Josep Lluís Sert o Walter Gropius, que encontraron en la construcción popular ibicenca una prefiguración del racionalismo moderno.
Las cuatro iglesias fortaleza originales de la isla son Sant Jordi de Ses Salines, Santa Eulària del Riu, Sant Antoni de Portmany y Sant Miquel de Balansat. De las cuatro, Sant Jordi es la que mejor conserva su aspecto defensivo original. Construida para dar servicio espiritual a los trabajadores de las salinas, uno de los objetivos preferidos de los piratas por su valor económico, es el único templo religioso de la isla coronado con almenas, concretamente 29, que recorren toda la cubierta superior y le dan un aspecto inequívoco de fortaleza medieval. Sus muros son oblicuos, inclinados hacia afuera en la base para resistir mejor los impactos. Está rodeada de un patio con palmeras y flores, lo que hace aún más sorprendente el contraste con su carácter militar.
Sant Miquel de Balansat, en el norte de la isla, es la más antigua. Fue construida sobre una alquería árabe, y su interior conserva pinturas al fresco con motivos florales y religiosos que merecen la visita por sí solas. La iglesia de Jesús, a pocos minutos de Ibiza ciudad, guarda en su interior un retablo gótico tardío del siglo XVI considerado una de las piezas más importantes del patrimonio artístico de la isla. La de Sant Josep, con su silueta limpia visible desde lejos, es la referencia visual del sur. Y el Puig de Missa de Santa Eulària, sobre una colina con vistas al mar, es uno de los conjuntos más fotogénicos de Ibiza: la iglesia, el cementerio encalado y el Museu Etnològic de Can Ros forman un conjunto declarado Bien de Interés Cultural.
Lo que tienen en común todas ellas, más allá de la arquitectura, es que siguen siendo el centro de la vida de sus pueblos. Se celebran misas, se baila el ball pagès en sus plazas en las fiestas patronales, los vecinos se sientan en los bancos de sus atrios al atardecer. Son parte viva de la isla, no piezas de museo. Recorrerlas es una de las mejores maneras de ver la Ibiza que no cambia.
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Santa Gertrudis de Fruitera es el pueblo de referencia del interior de la isla, el equivalente para el centro y el norte a lo que San José es para el sur. Está a doce kilómetros de Ibiza ciudad y a diez minutos desde casi cualquier punto de la isla, en el cruce natural de los caminos hacia Sant Miquel, Sant Llorenç y Sant Mateu.
La vida del pueblo gira en torno a su plaza peatonal y la iglesia del siglo XVIII. El Bar Costa, con sus tostadas de pan con tomate y jamón y sus paredes cubiertas de cuadros que los artistas hippies dejaban a cambio de consumiciones en los años setenta, sigue siendo la referencia matinal. El Musset Café, frente al parque de la iglesia, ofrece cocina mediterránea con toques asiáticos, opción vegetal y terraza soleada, y funciona igual de bien en agosto que en enero. Para una cena con jardín, Finca la Plaza es una de las mesas más agradables de la isla.
Las tiendas tienen un tono más upscale que en otros pueblos. The Rose combina boutique y galería: Claudina Damonte diseña y cose a mano vestidos de seda en colores vivos mientras las paredes las ocupan los cuadros de su pareja, el pintor uruguayo Aldo Kodac. Parra & Romero es la galería de arte de referencia, con programación internacional. Durante casi veinte años SLUIZ fue otra parada inevitable, una tienda concepto inclasificable que cerró definitivamente en 2025 tras casi dos décadas alegrando los interiores de la isla.
A un kilómetro del pueblo está el Club Hípico Es Puig, con clases de equitación y paseos a caballo por el paisaje del interior, especialmente recomendable para familias con niños.
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Ibiza ciudad es una de esas pocas ciudades mediterráneas donde la historia y el presente conviven en el mismo espacio sin que ninguno de los dos parezca forzado. Entenderla bien es entender sus barrios, que son en realidad mundos distintos separados por pocos metros.
Dalt Vila es el corazón histórico y el punto de partida obligatorio. Dentro de las murallas del siglo XVI vivían los notables de la ciudad: el clero, los mercaderes, las familias con poder. Sigue siendo un barrio habitado, con residentes de todo el año que conviven con hoteles boutique, restaurantes y tiendas. El Ayuntamiento se encuentra aquí, en Can Botino, y merece una visita por su claustro interior con frescos que pocos visitantes conocen. La Catedral, el MACE, las murallas que se pueden recorrer a pie con vistas al puerto y al mar. Dalt Vila se descubre mejor a pie y sin prisa. Para quien quiera entender la ciudad desde una perspectiva histórica más profunda, hay una novela de referencia reciente: Isla negra, del ibicenco Toni Montserrat, publicada en 2023, ambientada en la Ibiza del siglo XIX con fondo policiaco y una mirada muy honesta sobre la isla y sus capas sociales.
Al pie de las murallas, pegado al mar, está Sa Penya, el barrio más antiguo y genuino de la ciudad baja. Fue durante siglos el barrio de los pescadores y de la comunidad gitana de la isla, gente que vivía del mar y de la orilla. Las casas son pequeñas, las calles estrechas e irregulares. Dos de ellas merecen mención especial: la calle de la Virgen y la calle de la Cruz, que concentran algunos de los bares y establecimientos con más carácter de la ciudad, frecuentados por locales y visitantes por igual, con una atmósfera que no se encuentra en ningún otro punto de la isla.
La Marina es el barrio histórico que se extiende al pie de las murallas, entre Sa Penya y el Passeig de Vara de Rey. Es la zona más turística de la ciudad baja, con restaurantes, tiendas y el puerto que resume en pocos metros la historia económica de la isla: donde amarraban las barcas de los pescadores, luego atracaron los ferries que unían Ibiza con la península, y hoy fondean los yates. Frente a ella, al otro lado del puerto, está la marina deportiva conocida como Marina Ibiza, que ha experimentado una transformación igual de llamativa. Donde había un ultramarino familiar con la prensa del día y los bocadillos para llevar al barco, hoy se concentran tiendas de temporada de Dior, Bulgari, Louis Vuitton, Loewe, Gucci y Dolce & Gabbana.
El Paseo de Vara de Rey hace de frontera entre la ciudad histórica y la parte más moderna y administrativa. Es el eje cívico de Ibiza, con sus palmeras, sus terrazas y su escultura del general Vara de Rey. Más allá empieza la Ibiza contemporánea, con edificios de apartamentos de lujo, entre ellos uno firmado por Jean Nouvel, y la zona de Marina Botafoch, el otro gran puerto deportivo de la ciudad, donde se concentra la oferta de ocio más premium: Pacha, Lío, el Club Chinois y el Casino de Ibiza. Lío, uno de los formatos de cena-espectáculo-club más reconocidos de la isla, combina gastronomía, cabaret y club en un mismo espacio con vistas al puerto.
La ciudad tiene también sus playas. Figueretas, a pocos minutos a pie del centro, es la playa urbana de toda la vida, tranquila y familiar. Talamanca, junto a Marina Botafoch, es más larga y tiene un perfil algo más sofisticado. Desde el extremo de Sa Punta, en el fondo de la bahía, se abre una de las vistas más limpias de Dalt Vila desde el mar. Desde Marina Botafoch sale además una pequeña barca que cruza el puerto hasta el centro de la ciudad, uno de los trayectos más ibicencos que se pueden hacer.
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